sábado, 15 de marzo de 2014

MOMIFICANDOS


Esta semana se sucedieron, en Oaxaca, dos acontecimientos que tuvieron a los jóvenes como protagonistas. De un lado, las manifestaciones de las y los normalistas; y del otro, el Congreso Nacional de Estudiantes de Ciencia Política y Administración Pública.


Más allá de la carga valorativa que pudiera tener cada uno de esos acontecimientos, patentizan que la presencia más sensible de la juventud está fuera de los gobiernos y fuera de los partidos políticos. La sociedad civil y la escuela son –aunque escasamente- ambientes escogidos por los jóvenes para expresarse a través de la organización de sus esfuerzos, independientemente de los efectos de ese esfuerzo organizado.


Los jóvenes normalistas organizaron ellos mismos sus protestas; los jóvenes estudiantes de Ciencia Política y Administración Pública organizaron, de igual forma, por sí mismos su congreso nacional.


Me invitaron a impartir la conferencia inaugural del congreso, distinción que traté de cumplir con la mayor responsabilidad y el mayor decoro posibles. Más que una conferencia, fue un diálogo. Ante jóvenes de todo el país hablamos de cuatro cosas, cuatro palabras que resumían cuanto los estudiantes ahí presentes representaban; conversamos sobre política, juventud, participación y ciudadanía. Ahí estaban como invitados especiales, mi querido maestro Carlos Spíndola Pérez Guerrero representando a la Universidad Anfitriona (UNIVAS), mi admirado y joven amigo Leandro Hernández con la representación de nuestro Presidente Municipal; el joven Director de Juventud del Municipio; mi amigo Roberto Morales de Paz, entre otros.


Creo que se cumplió el cometido. La tarde del jueves, sacudimos su conciencia. Intercambié la lectura de una conferencia académica sobre participación ciudadana y democracia representativa, que llevé para ellos, por un diálogo que nos permitió pensar en cosas en las que difícilmente se reflexiona en las aulas.


Hablamos sobre la confusión reinante en torno al vocablo juventud, a la sombra del cual, puede autonombrarse joven cualquier adulto, con su sola añoranza. Hablamos de la política como una actividad humana cuya materia prima es el conflicto; que no pretende resolverlo, sino gestionarlo. Entendimos que la gestión de los conflictos implica voluntad y la voluntad es el germen de la participación. Dilucidamos que la política triunfa, no cuando se resuelve un conflicto, sino cuando se mantiene la cohesión social; y que ellos, los casi 500 congresistas estudiantes de ciencia política y administración pública, como parte de una élite que tiene el privilegio de la educación universitaria, tenían la grave responsabilidad de pensar, hablar y actuar por los cientos de miles de jóvenes que, en México, no tiene si quiera la oportunidad acabar la universidad, de ingresar a ella, de terminar el bachillerato o incluso de pisar un aula en toda su vida.


Hablamos de lo que el estudiante de ciencia política o administración pública representa en un régimen político donde urge profesionalizar y humanizar la política. Nadie como los universitarios tan profesionales y tan humanos para darle a México y a sus entidades federativas una nueva clase política con un nuevo estilo y una nueva vocación para hacer las cosas.


La palabra clave –que, de hecho, le dio título al congreso- fue participación. Tenemos aún en México y en Oaxaca una juventud mayoritariamente apática y no basta con encontrar las razones de esa apatía. La solución a la apatía está en los mismos jóvenes y en nadie más.


En 2012, después realizada la elección presidencial, Berúmen y Asociados en coordinación con el colmex realizaron la encuesta “Cultura Política de los Jóvenes 2012”. Solo unos pocos rasgos bastan para dejarnos fríos ante la realidad que nos contiene:


32% descarta contar con alguna ideología, 34% reconoce predilección por las telenovelas y menos del 1% se interesa por las secciones políticas de los diarios; entre 90 y 97% de los jóvenes jamás han sido parte de organizaciones culturales, estudiantiles, deportivas, artísticas, religiosas o vecinales, ni tampoco de partidos políticos o sindicatos, mientras que 86% considera que el voto es poco o nada efectivo para presionar a las autoridades.


Si tenemos en cuenta que, según los últimos datos del IFE, más del 40% de la lista nominal la integran ciudadanos de entre 18 y 34 años, estamos ante una situación alarmante de complacencia de una clase política que se momifica ante la nula competencia que genera la apatía.


Culpamos a la política y a los políticos del divorcio entre la juventud y la cosa pública. Culpamos a los políticos y al “sistema” del odio que los jóvenes sienten hacia la política y que se traduce en alejamiento. No pensamos que ese odio traducido en alejamiento aporta una extraordinaria zona de confort para los sarcófagos de ocasión en que se han convertido los partidos políticos.


Ningún momificando va a mover un dedo para cambiar las cosas; para acelerar el relevo generacional, ni siquiera para propiciarlo. El egoísmo sigue mandando en quienes viven de la política y en quienes viven en contra de la política. El sello de la nueva generación debe ser la generosidad, aunque paradójicamente esa generosidad haya de brotar del egoísmo de generación en relación a los mismos de siempre.


@MoisesMolina

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